"De alguna manera esto que os cuento me ha sucedido".



miércoles, 28 de abril de 2010

5.Lugares comunes.

“No hay futuro,… y si no, al tiempo.”
Proverbio punk.
-¿Pero como me podés hablar del futuro?... Escuchá, boludo, el futuro no existe, es ilusorio. Sólo tenemos esto, el ahora, el presente. El porvenir es sólo una trampa, un invento más del sistema para que vivamos asustados, preocupados. Para que agachemos la cabeza, vendamos barato nuestra carne y nuestro tiempo y olvidemos lo que nos hace humanos, nuestras vocaciones, lo que nos gusta, lo que nos conmueve. Y todo a cambio de un fondito para cuando sos viejito. ¡Buen cambalache, tu pasión por un plan de pensiones! ¿Y si te morís mañana? ¿Y si no llegás a ese porvenir? ¿Qué clase de vida al orto es esa? No, hijo, cambiar la vida por un futuro supuestamente seguro es miserable, y es precisamente lo que esperan de nosotros. Elegí lo que querás, pero nunca te traicionés.

     Era un tipo enorme, recio, con un aspecto elegante pero sencillo y un marcado y evocador acento argentino. Parecía haber escogido sus mejores ropas para aquella ocasión y sin embargo ahora gritaba fuera de sí. No me quedó otra que escucharlo, sentado a tres taburetes de distancia, mezclado entre el gentío que abarrotaba la Taberna Tirso de Molina. Aquel hombre palmeaba la barra con su manaza abierta para enfatizar cada frase, cada punto, cada coma. Alzaba la voz sin pudor mientras su cara enrojecía por la rabia y los vasos bailaban al son de sus golpes. Rondaba los sesenta y sermoneaba malhumorado a su hijo, que lo escuchaba pavorido, mordiéndose los labios en una mueca de profundo reproche.

- Da igual si triunfás o no en la vida. Si te traicionás, ya habrás fracasado. 

          Entonces dio media vuelta, agarró violentamente su abrigo y en tres zancadas recorrió la taberna como un viento de tormenta para salir bruscamente a la gélida noche de Madrid. Se fue de allí dejando a su hijo patidifuso, como herido en lo más hondo. A mí me dejó una desazón en el estómago que no venía a cuento y algo rondándome las entendederas. Lo que dijo, a la sazón, marcó mi vida. Al menos mi vida inmediata.

     Veintidós meses después de aquella noche regalé mi colección de búhos, descolgué y mal vendí las treinta y tantas máscaras, figuritas y archiperres, recuerdos de mis viajes por el mundo, que adornaban mis paredes, me deshice de mis discos y mis libros, dejé el trabajo que durante 16 años fue el pan de mis gatos y, tras despedirme de mi gente, me fui con la música a otra parte. A otra parte del mundo. A México, para ser más exactos.

    No fue un repente. Aquel malhumorado sermón vino simplemente a ponerle letra a una música que ya tenía yo compuesta hace mucho, mucho tiempo. Era algo que me rondaba desde hacía años. Ese tipo de me gustaría que va uno posponiendo indefinidamente arrollado por la cotidianeidad. Esos anhelos que tocan tímidamente la puerta trasera de tu conciencia de vez en vez y que terminas comentando con los amigos en el bar cuando escuchas de alguien que ha pegado el salto,.. Que los ha llevado acabo.

     Muchos años antes, caminando sin rumbo fijo por los engentados callejones de Katmandú, saturados los sentidos de tanta cosa nueva, tuve una certeza. Tarde o temprano dejaría mi trabajo fijo y seguro para irme lejos, en busca de algo, a abrazar otro tipo de vida. Fue una sensación más que un pensamiento, pero removió durante mucho tiempo mis inquietudes y mis sosiegos y me obligó a plantearme cómo vivía y qué esperaba de la vida, si es que realmente esperaba algo.

     Y francamente, resultó que mi vida no estaba mal. Vale decir que, después de todo, era moderadamente feliz,… dentro de márgenes. Digamos que tan feliz como permite la ignorancia. Vivía en Hoyo Hondo, un pueblito de la sierra de Madrid, rodeado de gente muy especial, una panda de adorables majaras con l@s que compartí innumerables aventuras y experimentos vitales en una época en la que andábamos todos en busca de quién sabe qué, viviendo la vida intensamente,… muchas veces a dentelladas, a trompicones. Tenía un buen trabajo en el que muchos de mis compañeros eran también grandes amigos. Ganaba bien y el horario era razonable y flexible, lo que me permitió durante años dedicarme a la música, a estudiar, a viajar, o a la mera contemplación de las verduras de mi huerto, según las épocas y las ganas. Hacía tiempo que las relaciones con mi familia habían dejado de ser tormentosas y disfrutábamos unos de otros con cercanía y cariño. Podría pensarse pues, que para alguien sencillo, casi diría simple, sin grandes ambiciones, como un servidor, debería haber bastado. Bien… pues resultó que no.

     Durante un tiempo disfruté sencillamente de mi vida, aún sabiendo muy en el fondo que no duraría mucho. Seguía sintiendo esa suerte de embrujo, esa certeza de que quedaba un salto por dar, un cambio que acallara ese rumor, sigiloso pero terco, que me impedía terminar de echar raíces. Y, entonces,… llegó Rocío.

     Meses antes de conocerla, respondiendo a no sé qué llamada interior, empecé a reorganizar mis días, a quitarme telarañas, ventilar espacios y dejar sitio preparando una llegada que ni siquiera intuía. Una noche sin luna soñé con ella y quince días después Rocío llegó a mi vida como empujada por el mismo viento del norte que condenaba a los antiguos errantes de Centro América a vagar de pueblo en pueblo, de país en país, preparando sus secretos remedios a base de cacao sin refinar que tenían el poder de aflorar ansias ocultas y revelar los destinos. Aquel viento, sin duda, soplaba en su sangre maya. Tardamos tres días en decidir casarnos y cinco meses en vencer todos los obstáculos burocráticos que supone casarse en España con una inmigrante ilegal. Pinches papeles y fronteras de la chingada. Sólo entonces, de a poquito y sin prisas, nos pusimos a la tarea de irnos conociendo.

     Así, mis certezas de cambio aderezaron su destino errante, o viceversa, y sin aspavientos, como a media voz, empecé a despedirme de mi antigua vida. Desde el principio supimos que nuestro encuentro era el comienzo de un viaje, …que tarde o temprano, sin planes, fechas o destinos previstos que encorsetasen nuestro devenir, el viento del norte soplaría otra vez en los ámbitos más íntimos de Rocío y habría que partir.

     Era noviembre y para entonces, eso sí, ya teníamos listo el equipaje y desplegadas las velas. Pocas veces en mi vida me había sentido tan pleno, tan feliz… ni había sentido antes tanto miedo.


     Y, miedo a qué. Bien,… Es obvio que el cambio es el ritmo natural de la vida. Al menos, así lo siente uno. Pero no es menos cierto que la vida, los cambios, las inercias y los miedos son lugares comunes. Son pocos los cambios que damos sin su ración de vértigo y temor, pero… ¿a qué le tememos en realidad? ¿A lo que nos pueda pasar, a lo que acontezca? Sinceramente, creo que no. Le tememos a perder nuestras rutinas, nuestras seguridades… aunque no nos gusten, aunque nos puedan hacer desgraciados. ¿Recuerdan ustedes aquella abominación de “más vale malo conocido que bueno por conocer”? Pues aunque haya pocas sentencias más contra natura, más contra la libertad de espíritu, así nos enseñan a ser, es lo que se espera de nosotros. Otra cosa sería salirse del renglón, ser un loco o un aventurero. Se nos enseña en el miedo y el pensamiento único. No interesan los ciudadanos conscientes, autónomos, participativos. Libres, a la sazón. No producen dividendos. Y así, rueda en la rueda, terminamos por olvidar cómo se ejerce la vida. Somos súbditos, lacayos,… olvidados de nosotros mismos,… meros consumidores. Medimos nuestra felicidad, el éxito en la vida, por las cosas que tenemos… y nunca tenemos suficiente, siempre queremos más. También eso nos lo enseñan. Si vas a pie, quieres un coche. Si conduces tu coche, quieres un barco. Si ya lo tienes, quieres un avión… y, volando por fin en tu avión,… quieres ser más joven. Vacío, zafiedad y pobreza de espíritu. Rueda en la rueda. Por eso siempre me pareció fundamental no perder el entusiasmo, no venderme, o, al menos, no entregarme totalmente. Por eso resulta revolucionario, en este difícil periodo, no sucumbir al miedo, no entregarse, ser el cambio que queremos ver,… ser, en la medida de lo posible, consecuente con tu utopía. Al fin y al cabo, las utopías son imposibles sólo porque no las intentamos.

     No me interpreten mal. No seré yo quien diga que para vivir plenamente haya que liarse la manta a la cabeza, dejarlo todo e irse lejos a hacer quién sabe qué. No, basta con no sacrificar nuestras alas por miedo al porvenir y mantener los pies en el suelo,… sin enterrarnos hasta las rodillas. Saber qué queremos y luchar por conseguirlo. Normalmente es más difícil lo primero que lo segundo.

     En cualquier caso, tener miedo no es malo. Es, aunque jodido, normal. Quien dice que nunca le teme a nada probablemente sea un inconsciente… o un mentiroso. Lo malo del miedo es no saber qué hacer con él. Tenerle miedo.

     Por mi parte, intenté ignorarlo, negarlo. Pero el miedo tira fuerte de tus pantalones. No se puede negar lo que te paraliza. Más tarde decidí enfrentarlo y conseguí pasar del miedo a la ira y la desesperación. Por fin llegué a la conclusión de que al miedo no hay que huirlo ni enfrentarlo. Al miedo hay que darle su espacio, como al amor, como a la pena. Escucharlo, aprender de él lo que tenga que enseñarte… y dejarlo ir.

     Y aprendí que mis miedos tenían mucho que ver con mis apegos. Apegos a mi gente, a las cosas, a mis rutinas… y terminé por aprender, con mi saquito de pena, que el desapego no es olvido ni renuncia. No es soledad. El desapego me hizo sentir más ligero, más libre. Me enseñó a despedirme de las cosas y la gente sin dolor, a amar mejor, sin poseer. Tal vez por eso no siento nostalgia. Tal vez por eso os recuerdo siempre con una sonrisa en los labios.

     Hace ahora poco más de un año que el devenir, mis certezas o el viento del norte (quién sabe y…qué más da) me trajeron aquí y cambió mi vida por completo. A veces me pregunto si también yo he cambiado. No me toca a mí decirlo. A decir verdad, no me siento diferente. Sólo más feliz, más sosegado. Pero, a la sazón, el mismo culo inquieto de siempre. No ha sido fácil, ni esperaba que lo fuera. Lo que sí ha sido,… sigue siendo, es apasionante. Nunca me imaginé empezando una nueva vida a los cuarenta y tantos. Tampoco sé si sea saludable, pero, al fin y al cabo, lo he hecho todo siempre tantito al revés, como escribiendo en renglones torcidos,… totalmente casi a medias. Pero, me siento tan vivo… que, francamente, me vale un poco madre. Seguir el sendero que me ha ido marcando el corazón en cada momento no me ha hecho la vida más fácil,… pero sí más interesante, ha merecido la pena.

     Alguna vez me han preguntado: “y, ¿porqué México?”. Bien, me alegro que me hagan esa pregunta.

- Oye Kaarlitos, ¿no extrañas?

     Llevábamos nueve horas trenzando palos de bambú a un armazón de madera en un amateur intento de construir una regadera para mi nueva casita en Baamul y, como siempre que trabajamos juntos, Bartolo me preguntaba sobre mi vida en España, sobre Europa, sobre cómo me siento viviendo en este país mangas por hombro. Es un tipo de la selva con un corazón inquieto, con una curiosidad insaciable.

- Casi nunca, Bartolo. Mi vida aquí llena tanto que no queda sitio para la melancolía. Sí recuerdo a mi gente, y pienso en ellos, claro,… pero con cariño, sin nostalgia.
- Y,… ¿cómo es la cosa esa?
- Que me acuerdo, pero sin pena.
- Ah, tá bueno, Kaarlitos… Entonces, no extrañar… ¿está bien?
- Quién sabe, Bartolo… Qué sé yo. No sufrir de nostalgia probablemente sea, de alguna manera, carecer de pasado,… pero añorar el pasado es correr tras el viento.
- Correr tras el viento…- Repitió Bartolo meditabundo- Ya ves, A veces hablas raro, Kaarlitos, pero igual se entiende.
- Sí, Bartolo, tienes razón, yo solo me hago bola.

     Quedamos ambos inmersos en un confortable silencio, como haciendo la digestión de nuestras palabras, hasta que me oí decir:

- ¡Híjole! ¿Por qué no me hablas un rato en maya?
- Eo, Kaarlitos, ¿Y qué digo?
- Qué más da, Bartolo, lo que sea.
- Pero… ¿entenderás?
-No, pero, ¿qué tiene? De a poquito me irás enseñando.

     Y aquel lenguaje con olor a jungla, aquel papiamento selvático, me hizo sentir nostalgia de cosas desconocidas, ajenas, de épocas pretéritas pertenecientes a otros seres y a otros mundos… Como siempre que lo escucho. Es por cosas así, que a veces tengo la extraña sensación de no haber venido a vivir a México,… sino de haber regresado

 

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     A modo de posdata: 2007. Unos me dijeron que era el año del Ermitaño, tiempo de compartir con generosidad lo que uno sabe. Otros que el año del Jabalí, que simboliza la aceptación y la adaptación. De todo eso ha habido, sin duda, un poco… bastante. Pronto vendrá 2008. Si tuviera que pedir una sola cosa para este año que entra, seguro sería que no sople muy fuerte el viento del norte. Todavía. Me están saliendo raíces.

     Permítanme, para acabar, una excentricidad:

     Brindo con todos ustedes por las noches antiguas y los sueños de antaño. Algunos no se cumplieron pero fue bueno haberlos tenido.

     Cuídense. Desde tan lejos… se les quiere.


Baamul, 27 de Diciembre de 2007.

10 dejaron su rastro...:

Anónimo

Hola niño... que bien lo del blog... pero sigue mandando las crónicas por correo, que molan.

Abrazos, pinche pendejo.

Lavapiés Tosta Club

Kum*

Gracias, Sr. director. Las seguirá usted recibiendo a su gusto... por supuesto.

Anita Dinamita

Qué cantidad de verdades... y qué difícil salir de la rueda, pero ahí vamos, pasito a pasito.
Un abrazo de corazón a corazón

Su

"Por eso resulta revolucionario, en este difícil periodo, no sucumbir al miedo, no entregarse, ser el cambio que queremos ver,… ser, en la medida de lo posible, consecuente con tu utopía. Al fin y al cabo, las utopías son imposibles sólo porque no las intentamos."
Me quedo con ésto. Quizás porque estoy a la búsqueda de mi utopía.
Gracias

Kum*

Gracias, mis queridas brujitas, por entrar también en este pedazito de mí... que también soy.

Besos... de miércoles.

Maria Coca

Un párrafo de la película "Lugares Comunes" que resuena más allá del rumor del bar. Qué buena película, cuánta filosofía profunda sobre la vida y cuánto amor derrochan los protagonistas verdad?

Preciosa obra. Gracias por recordármela.

Malena

Te vengo leyendo desde el pricipio, pero voy a hacer acá una parada que resume varias cosas:
Soy argentina, soy exagerada, soy nostalgiosa, como el señor que hablaba en aquel bar. Yo no puedo irme muy lejos sin llorar. Pero ¿lejos de la casa natal? No. Lejos de los que amo. Porque ahí está la patria; al lado de ellos.
Hay lugares, hay hombres o mujeres que empiezan a venir a nosotros desde mucho antes de que tengamos nociones de ellos. Y llegan en el momento que debían llegar; ni antes ni después.
Hay un poema de Neruda que dice más o menos eso (y aclaro que Neruda no es de mis favoritos, pero a veces la pega) :)


No me has hecho sufrir
sino esperar.
Aquellas horas
enmarañadas,
llenas
de serpientes,
cuando
se me caía el alma y me ahogaba,
tú venías andando,
tú venías desnuda y arañada,
tú llegabas hambrienta hasta mi lecho,
novia mía,
y entonces
toda la noche caminamos
durmiendo
y cuando despertamos
eras intacta y nueva,
como si el grave viento de los sueños
de nuevo hubiera dado
fuego a tu cabellera
y en trigo y plata hubiera sumergido
tu cuerpo hasta dejarlo deslumbrante.
Yo no sufrí, amor mío,
yo sólo te esperaba.


Tenías que cambiar de corazón
y de mirada
después de haber tocado la profunda
zona de mar que te entregó mi pecho.
Tenías que salir del agua
pura como una gota levantada
por una ola nocturna.


Novia mía, tuviste
que morir y nacer, yo te esperaba.
Yo no sufrí buscándote,
sabía que vendrías,
una nueva mujer con lo que adoro
de la que no adoraba,
con tus ojos, tus manos y tu boca
pero con otro corazón
que amaneció a mi lado
como si siempre hubiera estado allí
para seguir conmigo para siempre.



Hemos hablado antes de las rutinas, de la maravilla de algunas (como despertarse cada día cerca del mar) y de la extraña seguridad que brindan otras. Seguridad que no siempre nos trae felicidad.

Kum*

Vuelvo a sentir, y lo escribo, que no sé qué placer es mayor. Si el de escribir o el de leeros.

Gracias.

PazzaP

Qué bueno es leerte Kum*...
Ya tú sabes, no es menester abundar.
Y qué decir de la réplica de Malena aquí...
Qué colmo hallar encarnado en vuestras frases, hoy, lo que probablemente me llevo diciendo toda la eternidad.

Me pregunto al soñar cómo sería mi vida si hubiera tenido padres como vosotros...

Ah, como es este ¿neurótico? error que se hace obvio tras la rebeldía de no querer ser lo que se es... Y cómo se dilata el tiempo entonces... Se me hace la boca agua con lo que evocan vuestras palabras.

¡...ditos apegos! ¡Y encima me llaman descastada! :)

sendero

Bello, sabio y ejemplo de liberación, para romperle la madre al sistema que te ata. Búsqueda diaria de lo que uno es. Un abrazo
Rub

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